Recuerdo que cuando era más pequeño vivía con el ansia de
salir a la calle con mi balón de
reglamento para poder jugar. Tenía esos ojos soñadores que
ven en el futuro la carrera meteórica de una estrella del fútbol, que también
jugaba con la ilusión de ser alguien o ser nombrado por alguien, en algún lugar
del planeta, tras marcar un gol. Era fácil nadie te impedía mirar al televisor
y ver –cada sábado en abierto- reflejado tu rostro en la cara de aquellas
estrellas. Los Craioveanu, Ilie o Piojo López jugaban con la inconsciencia que
miles de pequeños les observaban desde el otro lado de la pantalla soñando con
los ojos abiertos hacer algún día sus filigranas.
Hoy en día miles de niños se lanzan al campo cada sábado para
disputar sus ligas comarcales, y
junto a ellos sus padres. Sí, sus padres esos jugadores frustrados que
por un día a la semana se permiten el lujo de soñar, con el futuro de un Messi
o un Villa. Unos padres que llevan a sus hijos con las últimas novedades en
botas “aerodinámicas”, looks a lo
Cristiano Ronaldo y los embadurnan de consejo y ordenes. De esta forma intentan
que los más pequeños se conviertan en su sueño truncado, sin darse cuenta
muchas veces, que tan solo están creándoles falsas esperanzas.
Perdonen mi ignorancia pero entiendo el deporte como un
objeto para la diversión y para disfrutar. Hace años que práctico el deporte
sin soñar, aunque haya perdido su magia, pero siempre como un sueño infantil,
no un sueño inducido y provocado por la ambición de una figura paterna. Fue un
sueño de niños.
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