En este preciso instante no recuerdo bien cuando deje de ser un niño. Mejor dicho, ¿cuándo se deja de soñar en algodones de azúcar y convertir cada tarde en una aventura?. Esa es la barrera que más nostálgicamente atravesamos sin darnos cuenta. De la noche a la mañana abrimos los ojos y vemos el mundo sin fantasía e inocencia. Luego ya nada fluye de la misma manera. Todos deseamos en algún momento retroceder en la bicicleta del tiempo, encontrarnos de nuevo con nuestro compañero inseparable de tardes interminables, el verbo jugar.
De pequeños disfrutamos de la capacidad de convertir cualquier momento u objeto en un juego. Cosas inanimadas e incluso extrañas pueden convertirse, por arte de magia, en un fiel amigo. Había para todos los gustos. Los más marchosos con un simple palo aporreaban toda su casa a modo de tambor, los más artistas daban formas indescifrables a la famosa "plastilina", y en cambio, los más deportistas tan solo necesitaban la calurosa compañía de un balón. Yo me identifico en este último grupo, al igual que cualquier niño que creció con la pareja Ronaldo - Rivaldo, porque cualquier forma rectangular en mi hogar se convertía en la diana de mis goles.
En cambio los niños nunca han sido ni serán de pasiones e ideas fijas. Así mi debilidad más oculta siempre fueron las cintas VHS. Servían para verlas -la factoría de clásicos Disney me sorprendió en plena infancia- y para construir desde casas hasta complejos taurinos. Horas y horas podía pasar en el suelo de la sala de estar, entre decenas de cintas, montando laberintos y edificios.
De esta forma, entre balones y las viejas cintas de VHS, fui creciendo. Coqueteaba con la franja de la adolescencia sin darme cuenta. Pero es ahora cuando nos damos cuenta, tiempo después, que hace mucho que dejamos ser niños. Miramos la realidad y ya no está, no hay nada. Con lo fácil que fue jugar mientras reías a carcajadas. En ello estaba la gracia. Hacer de la nada un juego, convertir el juego en un amigo.
